Hemos descubierto este libro por casualidad y su lectura nos ha sorprendido con historias muy parecidas a las vividas en nuestro propio pueblo.
La Historia de Turzo no es sino el drama de muchos pueblos en su lucha por la subsistencia. Pueblos en los que las vicisitudes, las pestes, los impuestos, la muerte prematura, los espolios y las vejaciones tuvieron sometidas a las generaciones que los poblaron. Es la epopeya de unos hombres en pugna con la miseria y el trabajo, cautivos de la incultura y resignación que lo presidía todo. Es, en suma, la Historia de España, donde la Corona, la Iglesia y la Nobleza compartían el poder y el patrimonio mientras los sumisos y esforzados campesinos se deshidrataban en sudor.
Nuestra
geografía se fue conformando a golpe de hacha y arado bajo los que
sucumbieron legiones de árboles a través de los siglos para roturar las
zonas boscosas y convertirlas en terreno cultivable o, simplemente, para
alimentar la lumbre de los hogares. Así quedó sin vegetación el amplio
horizonte expuesto a la sequía y al empobrecimiento. Es cierto que con esa
misma madera se construyeron también vigas y puertas para las sólidas
viviendas, carros y yugos para los bueyes, arados y trillos para las tierras.
La mujer era apenas un incidente sojuzgado. Trabajaba en el campo a
tenor de sus fuerzas y atendía las labores de casa además de a los muchos
hijos con que se cargaban. La mayor parte no sabía ni leer ni escribir,
aunque el índice de analfabetismo era también muy elevado en el sexo fuerte.
Los
documentos que encontramos en este lu-gar de Turzo a partir del siglo XVI, nos
darán cuenta testimonial de unas vidas sumisas y audaces a la vez, dóciles y
rebeldes, tenaces y complacientes, siempre resignadas, unas vidas gracias a
cuya abnegación, para bien o para mal, somos todos lo que somos. Al fin y al
cabo, el pasado, como dice el poeta, no es sino una orilla del presente.
Aseguran los folletos turísticos que “el conjunto dolménico de la
zona de Sedano es uno de los más importantes de la Europa Occidental”. No
sabemos si tal afirmación resulta exagerada; en cualquier caso hay que
agradecer la sencilla y hermosa restauración de alguno de ellos realizada por
la Junta de Castilla y León.
En la actualidad se han estudiado dos de estas tumbas megalíticas en
el término de Tubilla del Agua, uno en el paraje de San Quirce y el otro en
Valdemuriel.
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La mayor parte de las sepulturas megalíticas de esta comarca responde
a un esquema muy típico que recibe el nombre de sepulcro de corredor. Las plantas de las cámaras suelen ser
redondas o poligonales de tendencia circular destinadas a recoger el grueso del
osario . El corredor facilitaba el acceso a la sala que probablemente se
encontraba cerrada con algún material que ha desaparecido con el tiempo.